Parashá Shelaj Lejá
Opiniones subjetivas para un valor objetivo
En esta parashá se definen los próximos cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto. En el transcurso de los acontecimientos del desierto, sale a la luz muy claramente el criterio que define quién podrá vivir en libertad y quién no. En consecuencia, es precisamente en esta parashá que se determina el futuro de toda una generación: quién morirá en el desierto y quién vendrá a vivir a la tierra de Israel.
Moshé poniendo en práctica las instrucciones de Dios, envía una delegación de doce hombres para descubrir las características de la Tierra de Israel antes de que llegue todo el pueblo. Estos son los líderes de las doce tribus que no parten por voluntad propia, sino que son enviados. Estos no son espías como los que serán enviados más tarde por Yeoshua (Joshua). Esta es una delegación diplomática que no se esconde y que luego tendrá que reportar información militar.
Los enviados deben llegar a la tierra y observar sus características, deben ver sus ciudades, los hombres que allí habitan, que armas tienen, para luego poder informar a Moshé y a todo el pueblo de lo que han visto. Los delegados cumplen su misión: a su regreso entregan su información, clara y objetiva, sin ninguna distorsión. La información es positiva.
La crisis surge cuando los informantes van más allá de la misión que les había sido encomendada y que consistía en detectar e informar las características de la tierra destinada al pueblo de Israel. Después de haber presentado información positiva por unanimidad, individualmente comienzan a insertar sus propias conclusiones con respecto a las realidades que han visto. No cuestionan el valor de la tierra, sino la posibilidad del pueblo de Israel de conquistarla. Al final entra en juego la subjetividad de cada uno. En este punto la diferencia con respecto a la información inicial es importante: sólo dos se mantienen optimistas, frente a los diez que sostienen que la empresa es imposible de completar. Pero entonces, ¿por qué Moshé envió hombres a explorar la tierra? Cuando Abraham emigró por orden de Dios, observó el mandamiento de ir a "la tierra que yo te mostraré" sin saber a dónde iba, caminó en nombre de un ideal objetivo sostenido por la subjetividad de su fe. En este momento en que el pueblo de Israel no tenía alternativa, ¿por qué habrían de saber de antemano la tierra que les había sido destinada? La respuesta es que Moshé trató de transformar el evento compulsivo en un objeto de deseo.
Ciertamente, el pueblo de Israel no tuvo más remedio que dirigirse a la tierra prometida. Tenían que ir hacia él por obligación. Moshé esperaba que la información positiva de sus enviados motivara a todo el pueblo y lo hiciera interiorizar su voluntad y deseo de acción. Ante las dudas de los delegados y el pesimismo de diez de ellos, el pueblo reacciona con desesperación, adopta un enfoque fatalista y desesperanzado y desiste incluso antes de iniciar su tarea.
Dios, al final, está furioso con su pueblo: "¿No les ha dado ya suficientes pruebas de su tutela y protección?" El pueblo, una vez más, reacciona cuestionando la fe. Dios, al darse cuenta de cómo el problema se hunde en la personalidad de los hombres, en su misma mentalidad de seres sumisos, llega a la conclusión de que todos aquellos que han perdido la esperanza no podrán llegar a ser hombres libres. Dios le propone a Moshé destruir a todo este pueblo y crear otro a partir de su descendencia, pero al final opta por una solución que no involucra a la totalidad del pueblo de Israel sino sólo a aquellos psicológicamente privados de la posibilidad de alcanzar la libertad: "la generación del desierto", la generación de los que fueron esclavos y mantienen la condición de pesimismo y falta de fe, no entrará a la tierra de Israel. Esta conclusión alude a la forma en que el propio marco de referencia subjetivo condiciona su percepción. Todos pueden ver lo mismo y percibirlo de manera diferente, según sus experiencias y lo que han visto anteriormente. Los delegados que se mostraron pesimistas probablemente tenían dos temores diferentes: desde el punto de vista espiritual, quizás tenían miedo de que la necesidad de luchar y trabajar en la tierra de Israel dañara la vida religiosa, la santidad que el pueblo judío había adquirido en el desierto, donde nadie tenía que hacer nada para sobrevivir;
A diferencia de ellos, Yeoshua Bin Nun y Calev Ben Yefunè, los dos delegados que habían hablado de manera positiva, no olvidaron ni por un momento que el camino hacia la santidad se vuelve realmente tal cuando el hombre logra superar la rutina diaria del trabajo y del luchar por la vida. Con una visión pragmática, conscientes de la protección que Dios ha ejercido sobre el pueblo a lo largo de su camino, mantuvieron la fe en que los desafíos futuros serían las certificaciones de que todo lo sucedido tenía un propósito válido digno de ser transformado en realidad. .
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